VIVIR EN LAS FRONTERAS | Museo Gurvich
Danilo Espinoza (CL) - José Gurvich (LT) - Teresa Puppo (UY)

“soy lo que soy, algo sin nombre” — Carta de José Gurvich a Horacio Torres, 1965
“Les gustaría pensar que me he fundido en el crisol. Pero no me he fundido, no nos hemos fundido.” — Borderlands/La Frontera (1987) Gloria Anzaldúa
Un poema de la escritora y activista mexicano-estadounidense Gloria Anzaldúa fue el punto de partida para explorar las prácticas de tres artistas de épocas y territorios distintos, que sugieren la posibilidad de pensar las sociedades contemporáneas como un tejido identitario. Las obras de Teresa Puppo, Danilo Espinoza Guerra y José Gurvich recuperan los lenguajes y la materialidad del fuego, el humo, el algodón y el barro, para habitar esos espacios intersticios entre múltiples subjetividades donde los bordes se vuelven difusos.
En la búsqueda de una metáfora que ilustre un espacio de múltiples identidades, la socióloga boliviana Silvia Rivera Cusicanqui señala que la idea de territorio está incompleta sin la noción complementaria de tejido. Lo ch’ixi representa este tejido conformado por una diversidad de identidades y epistemes, que en lugar de anularse en la mezcla, coexisten y conforman juntos una entidad.
La idea de fluidez al hablar de identidades múltiples, busca suavizar las fronteras de un mosaico que contiene diferentes texturas y narrativas. Bajo esta premisa, las identidades son maleables y sus fragmentos transitan libremente dentro y fuera del conjunto. Vivir en las Fronteras reúne obras con características de un arte decolonial contemporáneo que se resiste a fundirse en el crisol. La textura desnuda del barro cocido y el carbón, la fragilidad del humo frente a la voracidad del fuego; funcionan como estímulos que habilitan la imaginación de nuevas maneras de convivir con el territorio.
Teresa Puppo explora la dimensión del fuego como agente climático que moldea no sólo paisajes, sino comunidades enteras que experimentan una pérdida del vínculo material, simbólico y espiritual con la tierra. Hace apenas una década, se comienza a hablar de Piroceno para describir una era geológica donde la pérdida de control sobre el fuego da como resultado un mundo donde los incendios de escala inédita sustituyen al hombre en su rol de escultor de paisajes.
En la muestra vemos al fuego como uno de los instrumentos más versátiles y poderosos de los pueblos indígenas y, a la vez, asistimos a su completa ingobernabilidad producto de una actividad humana sin precedentes.
Danilo Espinoza Guerra hace uso del humo en una hibridación de técnicas donde incorpora elementos del dibujo, la fotografía y el grabado. La temporalidad del proceso artístico conecta historias mapuches con las de su biografía, y en el camino surgen cuestiones como la naturaleza híbrida de la mayor parte de la población chilena (y latinoamericana), la política de identidades y la resignificación de saberes y oficios vinculados a la historia familiar. El humo atraviesa la obra de Danilo con la misma naturalidad con la que impregna la vida doméstica mapuche: tejidos, alimentos, y hasta la visión al interior de las viviendas y de los paisajes interrumpidos de ceniza volcánica. El humo y el hollín contienen en su esencia la materialidad que los precedió y, en este sentido, se transforma en un poderoso recurso expresivo al servicio de la reivindicación histórica del pueblo mapuche por su identidad territorial.
La muestra incluye una selección de esculturas de José Gurvich. En el contexto de su casa- taller en el barrio Cerro de Montevideo, las cerámicas de este artista judío de origen lituano forman parte de una práctica colectiva que no se agota en el intercambio creativo, sino que incluye caminatas con sus alumnos hasta el Arroyo Pantanoso, preparación del barro y la cocción de las piezas en el horno de un vecino. Las figuras de Gurvich mantienen el color de la tierra, pero están en constante transformación, permeadas por el territorio, la historia y las relaciones. En sus propias palabras, habitan «un espacio libre e ilimitado, donde “todo es posible”, donde todo confraterniza con todo».
Vivir en las fronteras nos expone a identidades relegadas desde la experiencia sensorial, para invitarnos a imaginar modos de vivir que honren nuestro derecho a una identidad compleja, que trascienda culturas, geografías y temporalidades.


